Rojo y negro

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»Pero ¿y si me atan los brazos cuando entre en la habitación? ¡Pueden haber colocado algún artilugio ingenioso!

»Es como un duelo —se dijo, riéndose—; todos los golpes pueden pararse, dice mi maestro de armas; pero Dios, que quiere acabar con el asunto, hace que a uno de los dos se le olvide el quite. Por lo demás ¡aquí tengo algo para responderles!» Y sacaba las pistolas del bolsillo; y, aunque estaban bien cebadas, cambió el cebo.

Aún quedaban muchas horas de espera: para no estar sin hacer nada, Julien escribió a Fouqué:

Amigo mío, no abras la carta que acompaña a esta más que en caso de accidente, si oyes decir que me ha pasado algo raro. Si eso sucede, borra los nombres propios del manuscrito que te envío, haz ocho copias y envíalas a los periódicos de Marsella, Burdeos, Lyon, Bruselas, etc.; diez días después manda imprimir el manuscrito y envíale el primer ejemplar al señor marqués de La Mole; y, quince días después, tira los demás ejemplares de noche por las calles de Verrières.

Esa breve memoria justificativa en forma de historia, que Fouqué solo debía abrir en caso de accidente, Julien la redactó de la forma que más pudiera comprometer a la señorita de La Mole; pero, en última instancia, describía con gran exactitud la posición en que se hallaba.


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