Rojo y negro
Rojo y negro Estaba Julien acabando de cerrar el paquete cuando sonó la campana de la cena, que hizo que le palpitase el corazón. Tenía la imaginación, pendiente del relato que acababa de escribir, entregada por completo a los presentimientos trágicos. Había visto cómo unos criados lo ataban y lo llevaban a un sótano con una mordaza en la boca. Allí, un criado lo custodiaría sin quitarle ojo y si el honor de la noble familia exigía que la aventura terminase en tragedia, era fácil rematarlo todo con uno de esos venenos que no dejan rastro; entonces, dirían que había muerto de enfermedad y lo llevarían muerto a su habitación.