Rojo y negro

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Conmovido con su propio relato, igual que un autor dramático, Julien estaba realmente asustado cuando entró en el comedor. Miraba a todos esos criados con librea de gala. Les examinaba la cara. «¿A cuáles han escogido para la expedición de esta noche? —se preguntaba—. En esta familia, están tan presentes los recuerdos de la corte de Enrique III y los sacan a colación con tanta frecuencia que, creyéndose ultrajados, tendrán más decisión que las demás personas de su categoría.» Miró a la señorita de La Mole para leerle en los ojos los proyectos de su familia: estaba pálida y tenía una fisonomía completamente medieval. Nunca le había visto un aire de tanta grandeza, estaba de verdad hermosa e imponente. Casi se sintió enamorado de ella. Pallida morte futura[58], se dijo (su palidez anuncia sus elevados designios).

En vano hizo como que paseaba largo rato por el jardín; la señorita de La Mole no apareció. Hablarle le habría quitado en ese momento un gran peso del corazón.

¿Por qué no reconocerlo? Tenía miedo. Como estaba resuelto a actuar, consentía sin vergüenza en ese sentimiento. «Con tal de que en el momento de actuar halle en mí el valor necesario —se decía—. ¿Qué más da lo que pueda sentir ahora mismo?» Fue a examinar la situación y el peso de la escalera.


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