Rojo y negro

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«¡Es mi destino recurrir a esta herramienta! —se dijo riendo—. ¡Aquí igual que en Verrières! ¡Qué diferencia! Entonces —añadió con un suspiro— no me veía en la obligación de desconfiar de la mujer por la que me estaba exponiendo. ¡Qué peligro tan diferente también!

»Si me hubieran matado en los jardines del señor de Rênal, no habría habido deshonor para mí. Habría sido fácil convertir mi muerte en inexplicable. Aquí, ¡qué relatos abominables no contarán en los salones del palacio de Chaulnes, en el palacio de Caylus, en el palacio de Retz, etc., por todas partes, en fin! Seré un monstruo para la posteridad.

»Una posteridad de dos o tres años —añadió, riéndose y burlándose de sí mismo. Pero esa idea lo dejaba anonadado—. Y a mí ¿dónde podrán justificarme? Suponiendo que Fouqué imprima mi panfleto póstumo, no será sino una infamia más. ¡Cómo! ¡Me acogen en una casa y pago esa hospitalidad que me conceden y las bondades con que me colman imprimiendo un panfleto sobre lo que en ella sucede! ¡La emprendo con el honor de las mujeres! ¡Ah, mejor dejarse engañar mil veces!»

Aquella velada fue espantosa.


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