Rojo y negro
Rojo y negro La señorita de La Mole creía estar cumpliendo con un deber que tenía consigo y con su amante. «Este pobre muchacho —se decía— ha sido un valiente cumplido; tiene que ser dichoso o, si no, soy yo quien no tiene carácter.» Pero habría querido rescatar con una eternidad de desdicha la cruel necesidad en que se hallaba.
Pese a lo espantosamente que se estaba violentado, fue perfectamente dueña de sus palabras.
Ningún arrepentimiento, ningún reproche estropearon aquella noche que a Julien le pareció más singular que feliz. ¡Que diferencia, santo cielo, con su última estancia de veinticuatro horas en Verrières! «Estas buenas formas de París han dado con el secreto de echarlo todo a perder, incluso el amor», se decía con extremada injusticia.
Estaba entregado a esas reflexiones de pie en uno de los grandes armarios de caoba donde lo había metido Mathilde no bien se oyeron los primeros ruidos en los aposentos contiguos, que eran los de la señora de La Mole. Mathilde fue con su madre a misa, las doncellas salieron enseguida de los aposentos y Julien se escabulló con facilidad antes de que volvieran para concluir sus tareas.