Rojo y negro
Rojo y negro «Pero no me queda más remedio que hablarle —acabó por decirse—; eso es lo que mandan las conveniencias; una tiene que hablar con su amante.» Y entonces, para cumplir con una obligación y con un afecto que estaba mucho más en las palabras que decÃa que en el tono de la voz, refirió las diversas resoluciones que habÃa tomado respecto a Julien en los últimos dÃas.
TenÃa decidido que si se atrevÃa a llegar hasta ella con la escalera del jardinero, como se lo habÃa mandado, serÃa toda suya. Pero nunca dijo nadie con tono más frÃo ni más cortés cosas tan tiernas. Hasta el momento la cita era glacial. Era como para cogerle odio al amor. ¡Qué lección de moral para una muchacha imprudente! ¿Vale la pena quedarse sin porvenir por un momento asÃ?
Tras prolongadas incertidumbres, que habrÃan podido parecerle a un espectador superficial el efecto del odio más resuelto, pues hasta ese punto a los sentimientos que una mujer se debe a sà misma les costaba ceder, incluso ante una voluntad tan firme, Mathilde acabó por ser una amante complaciente para Julien.
Esos arrebatos eran, en verdad, un tanto deliberados. El amor apasionado era todavÃa más bien un modelo imitado que una realidad.