Rojo y negro

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Mathilde, aún muy apurada y que parecía espantada por su iniciativa, estuvo encantada de dar con un tema de conversación. Hablaron de los medios para volver a verse. Julien disfrutó deliciosamente con el ingenio y la valentía de que volvió a dar muestras en esa charla. Tenían que vérselas con personas muy perspicaces; Tanbeau era seguramente un espía; pero a Mathilde y a él tampoco les faltaba maña.

¿Qué podía haber más fácil que encontrarse en la biblioteca para ponerse de acuerdo en todo?

—Puedo presentarme sin levantar sospechas en cualquier parte del palacio y casi, incluso, en la habitación de la señora de La Mole —añadía Julien. No quedaba más remedio que cruzar por ella para llegar a la de su hija. Si a Mathilde le parecía mejor que llegase siempre por una escalera se expondría a ese leve peligro con el corazón ebrio de alegría.

Al oírlo hablar, Mathilde quedaba escandalizaba ante aquel aire de triunfo. «¡Así que es mi dueño!», se dijo. Ya estaban haciendo presa en ella los remordimientos. Se le espantaba la razón con la insigne locura que acababa de cometer. Si hubiera estado en su mano, se habría aniquilado y habría aniquilado a Julien. Cuando, por momentos, su fuerza de voluntad acallaba los remordimientos, sentimientos de timidez y de pudor doliente la hacían sentirse muy desgraciada. No había previsto ni poco ni mucho el estado espantoso en que se hallaba.


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