Rojo y negro
Rojo y negro —Tienes un corazón de hombre —fue la respuesta que oyó sin que hubieran escuchado gran cosa las frases que decÃa él—; confieso que he querido poner a prueba tu valor. Tus primeras sospechas y la resolución que tomaste te muestran aún más intrépido de lo que yo pensaba.
A Mathilde le costaba esfuerzo tutearle; se notaba con claridad que estaba más pendiente de aquella extraña forma de hablar que del fondo de las cosas que decÃa. Este tuteo privado del tono del cariño no agradaba en absoluto a Julien, a quien asombraba la ausencia de felicidad; al final, para notarla recurrió a la razón. VeÃa que lo distinguÃa aquella joven tan altanera y que nunca elogiaba a nadie sin restricciones; con ese razonamiento consiguió la felicidad del amor propio.
No era, a decir verdad, la misma voluptuosidad del alma que habÃa hallado a veces junto a la señora de Rênal. No habÃa nada tierno en los sentimientos de esos momentos primeros. Era la dicha más viva de la ambición y Julien era sobre todo ambicioso. Volvió a mencionar a las personas de las que habÃa sospechado y las precauciones que habÃa ideado. Mientras hablaba, pensaba en los medios de sacarle partido a su victoria.