Rojo y negro
Rojo y negro «¡Qué buena ocasión para desconcertar a esos señores si están al acecho y evitar la batalla!», pensó Julien.
—La primera está escondida en una gruesa biblia protestante que se llevó ayer la diligencia muy lejos de aquÃ.
Hablaba con mucha claridad, entrando en detalles, de forma tal que lo oyeran las personas que pudieran estar escondidas en dos grandes armarios de caoba que no se habÃa atrevido a revisar.
—Las otras dos han salido por correo y siguen el mismo camino que la primera.
—Pero, santo cielo, ¿por qué todas esas precauciones? —dijo Mathilde asombrada.
«¿A santo de qué le iba a mentir?», pensó Julien; y le confesó todas sus sospechas.
—¡Asà que esa es la causa de la frialdad de tus cartas! —exclamó Mathilde más con tono de extravÃo que de ternura.
Julien no se fijó en ese matiz. El tuteo le hizo perder la cabeza o, al menos, se disiparon las sospechas; se atrevió a estrechar en los brazos a esa joven tan hermosa y que tanto respeto le inspiraba. Lo rechazó solo a medias.
Echó mano de su memoria, como tiempo atrás en Besançon con Amanda Binet, y recitó varias de las frases más hermosas de La nueva Héloïse.