Rojo y negro
Rojo y negro —Y ¿yo cómo irme? —dijo Julien con tono festivo y haciendo que hablaba en criollo. (Una de las doncellas de la casa habÃa nacido en Santo Domingo.)
—Usted irse por la puerta —dijo Mathilde, encantada con la ocurrencia.
«¡Ay, qué digno es este hombre de todo mi amor!», pensó.
Julien acababa de tirar la cuerda al jardÃn. Mathilde le estrechó el brazo. Creyó que lo agarraba un enemigo y se volvió con rapidez sacando un puñal. A Mathilde le habÃa parecido oÃr abrirse una ventana. Se quedaron quietos y sin respirar. La luna les daba de lleno. Como el ruido no se repitió, no hubo ya motivo de preocupación.
Entonces volvió el apuro; era grande por ambas partes. Julien se aseguró de que la puerta tenÃa echados todos los cerrojos; no se le olvidaba que debÃa mirar debajo de la cama, pero no se atrevÃa; podÃan haber metido ahà a uno o dos criados. Por fin, temiendo que su prudencia le hiciera reproches en el futuro, miró.
Mathilde habÃa vuelto a caer en todas las angustias de la timidez más extremada. La tenÃa horrorizada la posición en que estaba.
—¿Qué ha hecho con mis cartas? —dijo por fin.