Rojo y negro
Rojo y negro «¡Y esta es una mujer enamorada! —pensó Julien—. ¡Se atreve a decir que ama! Tanta sangre frÃa, tanta sensatez en las precauciones me indican que no estoy venciendo al señor de Croisenois, como pensaba tontamente, sino que soy, sencillamente, su sucesor. En realidad, ¿qué más me da? ¿La quiero acaso? Venzo al marqués en el sentido de que le resultará muy enojoso tener un sucesor; y más aún que ese sucesor sea yo. Con qué altivez me miraba ayer por la noche en el café Tortoni, fingiendo que no me conocÃa; y ¡con qué expresión ruin me saludó luego cuando no pudo ya evitarlo!»
Julien habÃa atado la cuerda al último peldaño de la escalera y la estaba bajando despacio y asomándose mucho al balcón para que no rozase los cristales. «Buen momento para matarme —pensó— si es que hay alguien escondido en el cuarto de Mathilde.» Pero seguÃa reinando por doquier un hondo silencio.
La escalera llegó al suelo. Julien consiguió tumbarla en la platabanda de flores exóticas que bordeaba la pared.
—¡Lo que va a decir mi madre cuando vea aplastadas esas plantas suyas que tanto le gustan! —dijo Mathilde—. Hay que tirar la cuerda —añadió con mucha sangre frÃa—. Si alguien viera que sube hasta el balcón serÃa una circunstancia difÃcil de explicar.