Rojo y negro
Rojo y negro Muy contento del rechazo, Julien se apresuró a echar una ojeada: brillaba tanto la luna que las sombras que formaba su luz en la habitación de la señorita de La Mole eran negras. «Puede perfectamente haber hombres escondidos por ahí sin que yo los vea», pensó.
—¿Qué lleva en el bolsillo lateral? —le preguntó Mathilde, encantada de dar con un tema de conversación. Notaba un sufrimiento muy peculiar; todos los sentimientos de recato y timidez, tan espontáneos en una joven de buena cuna, habían recobrado su imperio y la torturaban.
—Llevo toda clase de armas y de pistolas —contestó Julien, no menos contento de tener algo que decir.
—Hay que quitar la escalera —dijo Mathilde.
—Es grandísima y podemos romper los cristales del salón de abajo o del entresuelo.
—No hay que romper los cristales —contestó Mathilde, intentando en vano adoptar el tono de la conversación ordinaria—; me parece que podría bajar la escalera con una cuerda que ataríamos al primer peldaño. Siempre tengo una remesa de cuerdas en mi cuarto.