Rojo y negro
Rojo y negro Llevó a cabo un reconocimiento militar y muy preciso. «Se trata de mi honor —pensó—; si cometo algún yerro, no me servirá de disculpa ante mà mismo decirme: no se me habÃa ocurrido.»
El tiempo era de una serenidad desalentadora. A eso de las once salió la luna; a las doce y media iluminaba de lleno la fachada del palacete que daba al jardÃn.
«Está loca», se decÃa Julien; cuando dio la una, todavÃa habÃa luz en las ventanas del conde Norbert. Julien no habÃa tenido tanto miedo en la vida: no veÃa sino los peligros de la empresa y no sentÃa entusiasmo alguno.
Fue a buscar la enorme escalera; esperó cinco minutos para dar tiempo a que llegase una contraorden y a la una y cinco apoyó la escalera en la ventana de Mathilde. Subió despacio, con la pistola en la mano, extrañado de que no lo atacasen. Cuando estaba ya muy cerca de la ventana, esta se abrió sin ruido:
—Aquà está, caballero —le dijo Mathilde muy emocionada—; llevo una hora pendiente de sus movimientos.
Julien estaba muy apurado; no sabÃa cómo comportarse, no sentÃa amor ninguno. En aquel aprieto, pensó que debÃa atreverse e intentó besar a Mathilde.
—¡Quite allá! —dijo ella, apartándolo.