Rojo y negro
Rojo y negro Los niños lo adoraban, él no los querÃa; tenÃa el pensamiento en otra parte. Cuanto pudieran hacer esos chiquillos no le hacÃa perder la paciencia nunca. FrÃo, justo, impasible, y, no obstante, querido porque su llegada habÃa expulsado de la casa, por asà decirlo, el aburrimiento, fue un buen preceptor. En lo que a él se referÃa, solo sentÃa odio y repugnancia por la alta sociedad que lo habÃa admitido, aunque cierto es, sentado en la punta de la mesa, lo que explica quizá ese odio y esa repugnancia. Hubo unas cuantas cenas de gala en que le costó mucho contener el odio por todo lo que lo rodeaba. Un dÃa de san Luis, entre otros, el señor Valenod llevaba la voz cantante en casa del señor de Rênal y Julien estuvo a punto de traicionarse; se escabulló y salió al jardÃn, so pretexto de ir a ver a los niños. «¡Qué elogios de la probidad! —exclamó—. ¡Como si no existiera más virtud que esa! Y, no obstante ¡qué consideración, qué respeto servil por un hombre que está claro que ha duplicado o triplicado su fortuna desde que administra el dinero de los pobres! ¡ApostarÃa a que gana dinero incluso con los fondos destinados a los niños expósitos, esos pobres cuya miseria es aún más sagrada que la de los demás! ¡Ah, qué monstruos, qué monstruos! Y yo también soy algo asà como un expósito, a quien odian mi padre, mis hermanos, toda mi familia.»