Rojo y negro
Rojo y negro Poco antes del día de san Luis, Julien, que paseaba a solas y leyendo el breviario por un bosquecillo llamado el Belvedere y que está por encima del Paseo de la Fidelidad, intentó en vano no encontrarse con sus dos hermanos, a quienes veía venir desde lejos por un sendero solitario. La envidia de esos dos obreros zafios se despertó de tal modo al ver el traje negro de buena calidad, el aspecto tan atildado de su hermano y el sincero desprecio que Julien les tenía, que le dieron una paliza tal que lo dejaron sin sentido y ensangrentado. La señora de Rênal, paseando con el señor Valenod y el subprefecto, llegó al bosquecillo por casualidad; lo vio tendido en el suelo y lo dio por muerto. Se quedó tan sobrecogida que el señor Valenod se puso celoso.
Era una alarma prematura. A Julien le parecía hermosísima la señora de Rênal, pero la aborrecía por culpa de esa hermosura; era el primer escollo que había estado a punto de cerrarle el paso a su fortuna. Le hablaba lo menos posible para que se olvidase del arrebato que, el primer día, lo movió a besarle la mano.