Rojo y negro

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Bien fuera por casualidad, bien lo hiciera ex profeso la señora de La Mole, Mathilde no se quedó ni un segundo a solas ese día. Por la noche, al pasar del comedor al salón, halló sin embargo la ocasión de decirle a Julien:

—¿Le parece que es un pretexto? Mamá acaba de decidir que una de sus doncellas dormirá de noche en mis aposentos.

Aquel día pasó como el rayo; Julien estaba en el colmo de la felicidad. Al día siguiente, desde las siete de la mañana, ya estaba en la biblioteca; tenía la esperanza de que la señorita de La Mole se dignase aparecer por allí; Julien le había escrito una carta interminable.

No la vio hasta muchas horas después, en el almuerzo. Ese día iba peinada con el mayor de los esmeros; un arte extraordinario había corrido con el cometido de ocultar el lugar en que el pelo estaba corto. Miró una o dos veces a Julien, pero con ojos corteses y sosegados; nada ya de llamarlo dueño mío.

Julien sentía tal asombro que le impedía respirar… Mathilde se reprochaba casi todo cuanto había hecho por él.


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