Rojo y negro

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Mucho le costó despertarse con la campana del almuerzo; se presentó en el comedor. Poco después entró Mathilde. El orgullo de Julien pasó por un momento muy dichoso al ver el amor que le rebosaba de los ojos a aquella mujer tan hermosa y a la que rodeaban tantos halagos; pero no tardó su prudencia en hallar motivos de temor.

So pretexto del poco tiempo que había tenido para arreglarse el pelo, Mathilde se había peinado de forma tal que Julien pudiera ver a la primera ojeada toda la amplitud del sacrificio que había hecho por él al cortarse el pelo la noche anterior. Si algo hubiera sido capaz de estropear una cara tan bella, Mathilde lo habría conseguido: todo un lado de la hermosa melena de un rubio ceniza estaba cortado a media pulgada de la cabeza.

Durante el almuerzo, todo el comportamiento de Mathilde se atuvo a esa primera imprudencia. Se diría que ponía todo su empeño en dar a conocer a todo el mundo la loca pasión que sentía por Julien. Afortunadamente aquel día el señor de La Mole y la marquesa estaban muy pendientes de la concesión de unas cuantas Órdenes del Espíritu Santo que se iba a llevar a cabo y no incluía al señor de Chaulnes. Cuando la comida estaba a punto de concluir, Mathilde, que estaba hablando con Julien, dio en llamarlo dueño mío. Él se puso como la grana.


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