Rojo y negro
Rojo y negro Cuando, en la oscuridad, estaba pasando la mano por la tierra blanda para asegurase de que las huellas estaban borradas por completo, notó que le caía algo encima de las manos; era un lado entero de la melena de Mathilde, que esta se había cortado y le tiraba.
Estaba asomada a la ventana.
—Esto es lo que te envía tu sierva —le dijo bastante alto—; es la señal de una obediencia eterna. Renuncio al ejercicio de mi razón; sé mi dueño.
Julien, vencido, estuvo a punto de volver por la escalera y subir de nuevo a su cuarto. Por fin se impuso la razón.
Entrar en el palacete desde el jardín no era cosa fácil. Consiguió forzar la puerta de uno de los sótanos; ya dentro, no le quedó más remedio que echar abajo lo más silenciosamente que pudo la puerta de su cuarto. Con la emoción, se había dejado en la habitacioncita de la que acababa de irse tan deprisa incluso la llave que llevaba en el bolsillo del frac. «¡Con tal de que se acuerde de esconder todos mis despojos mortales!», pensó.
Por fin pudo más el cansancio que la felicidad y, cuando estaba saliendo el sol, cayó en un sueño profundo.