Rojo y negro
Rojo y negro Al pensar en ello, Mathilde se rio a carcajadas. Su madre y una de las doncellas se despertaron; de repente, le hablaron a través de la puerta. Julien la miró; Mathilde se puso pálida mientras reñía a la doncella y no se dignó dirigirle la palabra a su madre.
—Pero ¡y si se les ocurre abrir la ventana y ven la escalera! —le dijo Julien.
Volvió a abrazarla, fue corriendo hasta la escalera y más que bajar por ella, se dejó caer escurriéndose; en un momento ya estaba en el suelo.
Tres segundos después, la escalera estaba bajo los tilos de la avenida y la honra de Mathilde a salvo. Julien, cuando volvió a su ser, se vio cubierto de sangre y casi desnudo; se había herido al bajar escurriéndose sin tomar precauciones.
Una felicidad tan grande le había devuelto toda la energía que le era propia; si se hubieran presentado en ese momento veinte hombres, atacarlos él solo no habría sido sino un placer más. Afortunadamente, nada puso a prueba sus habilidades militares; dejó la escalera tumbada en su sitio ordinario, volvió a colocarle la cadena que la sujetaba; no se le olvidó borrar las huellas que la escalera había dejado en la platabanda de flores exóticas que había debajo de la ventana de Mathilde.