Rojo y negro

Rojo y negro

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En otro momento, se desprende de abrazo, enciende la vela y a Julien le cuesta mil trabajos impedir que se corte un lado entero de la melena.

—No quiero que se me olvide —le dice— que soy tu sierva; si alguna vez un orgullo detestable me extravía, enséñame estos mechones y dime: «No se trata ya de amor, no se trata de la emoción que sienta ahora mismo en el alma; juró obediencia, obedezca porque se lo manda el honor».

Pero es más sensato suprimir la descripción de tanto extravío y tanta felicidad.

La templanza de Julien no desmereció de su dicha:

—Tengo que bajar por la escalera —le dijo a Mathilde cuando vio apuntar el alba por Oriente, por encima de las chimeneas lejanas y más allá de los jardines—. El sacrificio que me impongo es digno de usted, me privo de unas cuantas horas de la más pasmosa de las felicidades que pueda gustar alma humana, me sacrifico por su reputación: si conoce mi corazón, entiende qué gran esfuerzo me supone. ¿Será usted siempre conmigo como es ahora mismo? Pero la honra habla, y basta. Ha de saber que, tras nuestra primera entrevista, no todas las sospechas se dirigieron a los ladrones. El señor de La Mole puso guardia en el jardín. El señor de Croisenois está rodeado de espías: se sabe todo cuanto hace por las noches…


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