Rojo y negro
Rojo y negro Volaba al subir la escalera; llama a la contraventana; pasados unos momentos, Mathilde lo oye, acude a abrir la contraventana, la escalera no se lo permite: Julien se cuelga del gancho de hierro que se usaba para tener la contraventana abierta y, corriendo mil veces el riesgo de caer al vacÃo, le da una violenta sacudida a la escalera y consigue moverla un poco. Mathilde puede abrir la contraventana.
Julien se abalanza dentro de la habitación más muerto que vivo.
—¡Eres tú! —dice Mathilde, arrojándose en sus brazos.
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¿Quién podrá describir la enorme felicidad de Julien? La de Mathilde le fue casi a la par.
Le hablaba en contra de sà misma y se denunciaba ante él.
—CastÃgame por mi orgullo atroz —le decÃa, estrechándolo entre los brazos como si lo fuera a asfixiar—; eres mi dueño y soy tu esclava; tengo que pedirte perdón de rodillas por haber querido rebelarme.
Dejaba los brazos de Julien para postrarse a sus pies:
—SÃ, eres mi dueño —seguÃa diciéndole, ebria de felicidad y de amor—; ¡reina en mà por siempre, castiga severamente a tu esclava cuando pretenda rebelarse!