Rojo y negro

Rojo y negro

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Volaba al subir la escalera; llama a la contraventana; pasados unos momentos, Mathilde lo oye, acude a abrir la contraventana, la escalera no se lo permite: Julien se cuelga del gancho de hierro que se usaba para tener la contraventana abierta y, corriendo mil veces el riesgo de caer al vacío, le da una violenta sacudida a la escalera y consigue moverla un poco. Mathilde puede abrir la contraventana.

Julien se abalanza dentro de la habitación más muerto que vivo.

—¡Eres tú! —dice Mathilde, arrojándose en sus brazos.

+ + + + +

¿Quién podrá describir la enorme felicidad de Julien? La de Mathilde le fue casi a la par.

Le hablaba en contra de sí misma y se denunciaba ante él.

—Castígame por mi orgullo atroz —le decía, estrechándolo entre los brazos como si lo fuera a asfixiar—; eres mi dueño y soy tu esclava; tengo que pedirte perdón de rodillas por haber querido rebelarme.

Dejaba los brazos de Julien para postrarse a sus pies:

—Sí, eres mi dueño —seguía diciéndole, ebria de felicidad y de amor—; ¡reina en mí por siempre, castiga severamente a tu esclava cuando pretenda rebelarse!


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