Rojo y negro
Rojo y negro Si cae en ese último abismo de la desgracia, a un ser humano no le queda más recurso que el valor. Julien no tuvo el talento suficiente para decirse: «Hay que atreverse»; pero, al mirar la ventana de Mathilde, vio, a través de las contraventanas de celosía, que estaba apagando la luz: se imaginaba esa habitación deliciosa que había visto, ¡ay!, solo una vez en la vida. Su imaginación no fue más allá.
Dio la una; oír la campanada y decirse: «Voy a subir con la escalera» fue cosa de un instante.
Fue el relámpago de la genialidad; las buenas razones acudieron en tropel. «¿Puedo acaso ser más desdichado?», se decía. Corrió hacia el lugar en que estaba la escalera; el jardinero la había atado con una cadena. Ayudándose con el gatillo de una de sus pistolitas, que se rompió, Julien, dueño en ese momento de una fuerza sobrehumana, retorció uno de los eslabones de la cadena que sujetaba la escalera: en pocos minutos fue suya y la apoyó en la ventana de Mathilde.
«Va a enfadarse, a colmarme de desprecio, ¿qué más da? Le doy un beso, un último beso, subo a mi habitación y me mato… ¡Habré rozado su mejilla con los labios antes de morir!»