Rojo y negro

Rojo y negro

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La noche era oscura y pudo entregarse a toda su desdicha sin temor a que lo viera nadie. Le resultaba evidente que la señorita de La Mole estaba enamorada de alguno de esos oficiales jóvenes con quienes acababa de charlar tan alegremente. A él lo había querido, pero había caído en la cuenta de sus pocos méritos.

«¡Y muy pocos tengo, desde luego! —se decía Julien, plenamente convencido—; soy, en resumidas cuentas, una persona muy chata, muy corriente, muy aburrida para los demás, muy insoportable para mí mismo.» Sentía un asco mortal por todas sus buenas prendas, por todas las cosas que le habían gustado con entusiasmo; y en ese estado de imaginación trastornada empezaba a juzgar la vida con la imaginación. Un error así es de un hombre superior.

Varias veces se le pasó por las mientes la idea del suicidio; era una imagen llena de atractivos, era como un descanso delicioso, era el vaso de agua helada que le ofrecen al mísero que, en el desierto, se muere de sed y de calor.

«¡Mi muerte acrecentaría el desprecio que me tiene! —exclamó—. ¡Qué recuerdo iba a dejarle!»


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