Rojo y negro

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A Mathilde le inspiraba enojo el jardín; o, al menos, le parecía aburridísimo: iba unido al recuerdo de Julien.

La desdicha mengua el ingenio. Nuestro héroe cometió la torpeza de quedarse junto a esa sillita de paja que, tiempo atrás, había presenciado triunfos tan brillantes. Ahora nadie le dirigió la palabra; fue como si su presencia pasara inadvertida, o peor aún. De entre los amigos de la señorita de La Mole, los que estaban sentados cerca de él, en el extremo del sofá, hacían, hasta cierto punto, por darle la espalda; o al menos eso le pareció a él.

«Es como caer en desgracia en la corte», pensó. Quiso dedicar un momento a pasar revista a las personas que pretendían abrumarlo con su desdén.

El tío del señor de Luz ocupaba un cargo elevado junto al rey; de ahí que ese apuesto oficial mencionase, al empezar a conversar con todos los interlocutores que iban llegando, esta interesantísima particularidad: su tío se había puesto en camino a las siete de la mañana para ir a Saint-Cloud y esa noche pensaba dormir allí. El referido detalle salía a colación con una apariencia muy campechana, pero, antes o después, salía a colación.


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