Rojo y negro
Rojo y negro «Estoy desempeñando aquí un papel indigno», pensó de repente. Lo que había que hacer era levantarse de la sillita de paja de una forma que no resultase muy desmañada. Quiso inventarse algo; le pedía algo completamente nuevo a una imaginación que tenía ocupada por completo en otras cosas. Debía recurrir a la memoria: la suya era, hay que reconocerlo, pobre en recursos de esa clase; el pobre muchacho tenía aún muy poco mundo; fue, por lo tanto, de lo más torpe, y todo el mundo se fijó cuando se puso de pie para salir del salón. Se le notaba demasiado la desdicha en toda su forma de comportarse. Llevaba tres cuartos de hora desempeñando el papel de un subalterno importuno al que nadie se molesta en ocultar lo que opina de él.
Las observaciones críticas que acababa de hacer de sus rivales le impidieron, sin embargo, tomarse su desgracia demasiado por lo trágico; contaba, como apoyo para su orgullo, con el recuerdo de lo que había ocurrido la antevíspera. «Tengan las ventajas que tengan sobre mí —pensaba mientras entraba solo en el jardín—, Mathilde no ha sido para ninguno de ellos lo que se ha dignado ser para mí dos veces en mi vida.»
Su sensatez no llegó más allá. No entendía ni poco ni mucho el carácter de la mujer singular que la casualidad acababa de convertir en dueña absoluta de su felicidad.