Rojo y negro

Rojo y negro

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Se atuvo al día siguiente a matar de cansancio al caballo y matarse también él de lo mismo. No volvió a intentar acercarse al sofá azul al que Mathilde seguía fiel. Se fijó en que el conde Norbert no se dignaba ni mirarlo cuando se lo encontraba por el palacete. «Debe de forzarse mucho —pensó—, él, que es tan cortés por naturaleza.»

Para Julien el sueño habría sido la dicha. Pese al cansancio físico, recuerdos demasiado seductores empezaban a adueñarse de toda su imaginación. No tuvo el talento de ver que, como sus prolongadas carreras por los bosques de las inmediaciones de París solo lo afectaban a él, y no al corazón o a la cabeza de Mathilde, dejaba su suerte al albur del azar.

Le parecía que había algo que proporcionaría a su dolor un alivio infinito: ese algo sería hablar con Mathilde. Pero, sin embargo, ¿qué se iba a atrever a decirle?

Pensando en eso estaba profundamente ensimismado una día a las siete de la mañana cuando, de pronto, la vio entrar en la biblioteca.

—Sé, caballero, que desea hablarme.

—¡Santo cielo! ¿Quién se lo ha dicho?


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