Rojo y negro

Rojo y negro

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—Lo sé. ¿Qué más le da? Si no tiene usted honor, puede perderme o, al menos, intentarlo; pero ese peligro, que no creo que sea real, no me impedirá, desde luego, ser sincera. Ya he dejado de quererlo, caballero, mi imaginación insensata me engañó…

Ante ese golpe terrible, desesperado por el amor y la desdicha, Julien intentó justificarse. Nada más absurdo. ¿Puede alguien acaso justificarse por desagradar? Pero la razón no tenía ya imperio alguno sobre sus actos. Un instinto ciego lo impulsaba a retrasar el momento en que quedase decidida su suerte. Le parecía que, mientras estuviera hablando, nada había acabado del todo. Mathilde no escuchaba las palabras que le decía, le irritaba su sonido, no le cabía en la cabeza que tuviera el atrevimiento de interrumpirla.

Los remordimientos de la virtud y los del orgullo la hacían esa mañana desgraciada por igual. La tenía anonadada, por así decirlo, la idea espantosa de haberle dado derechos sobre sí a un humilde sacerdote hijo de un campesino. «Es más o menos —se decía en los momentos en que exageraba su desdicha— como si tuviera que reprocharme un desliz con uno de los lacayos.»

En los temperamentos atrevidos y orgullosos no media sino un paso entre la ira contra sí mismo y la indignación contra los demás; los arrebatos de furor causan en tales casos gran satisfacción.


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