Rojo y negro

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En un instante, la señorita de La Mole había llegado ya al punto de colmar a Julien de las marcas de desprecio más extremadas. Tenía muchísimo ingenio; ese ingenio triunfaba en el arte de atormentar el amor propio de los demás e infligirle heridas crueles.

Por primera vez en la vida se veía Julien sometido a la actuación de un ingenio superior, al que el odio más virulento espoleaba en contra de él. Lejos de pensar ni poco ni mucho, en esos momentos, en defenderse, acabó por despreciarse a sí mismo. Al oír cómo lo colmaban de marcas de desprecio tan crueles y calculadas de forma lo suficientemente ingeniosa para acabar con cualquier buena opinión que pudiera tener de sí, le parecía que Mathilde tenía razón y que se quedaba corta.

En cuanto a ella, su orgullo hallaba un placer delicioso en castigar de ese modo a ambos de la adoración que había sentido ella pocos días antes.

Por primera vez no tenía necesidad de inventar ni de pensar las cosas crueles que le decía con tanto agrado. Se limitaba a repetir lo que llevaba ocho días diciendo en su corazón el abogado de la parte contraria al amor.

Cada una de esas palabras multiplicaba por cien la espantosa desdicha de Julien. Quería salir huyendo; la señorita de La Mole lo sujetó por el brazo autoritariamente.


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