Rojo y negro
Rojo y negro —DÃgnese tener en cuenta —le dijo él— que está hablando muy alto: la van a oÃr en la habitación de al lado.
—¡Qué más da! —respondió altaneramente la señorita de La Mole—. ¿Quién se atreverá a decirme que se me oye? Quiero curar para siempre ese amor propio suyo de poca monta de las ideas que haya podido hacerse sobre mÃ.
Cuando Julien consiguió salir de la biblioteca, estaba tan asombrado que se sentÃa menos desgraciado. «¡Bien está! Ya no me quiere —se repetÃa en voz alta, como para comunicarse a sà mismo su situación—. Por lo visto me quiso ocho o diez dÃas y yo la querré toda la vida.
»¿Cómo es posible? ¡Hace tan pocos dÃas que no era nada, nada para mi corazón!»
Los deleites del orgullo inundaban el corazón de Mathilde. ¡HabÃa conseguido, pues, romper para siempre! Vencer tan por completo una inclinación tan poderosa la hacÃa sentirse feliz a más no poder.
«Asà entenderá este caballerito, y de una vez por todas, que nunca mandó en mà ni nunca mandará.» Era tan feliz que no sentÃa en verdad amor alguno en ese momento.