Rojo y negro
Rojo y negro Tras una escena tan atroz y tan humillante, para una persona menos apasionada que Julien el amor se habría vuelto imposible. Sin desviarse ni un momento del respeto que se debía a sí misma, la señorita de La Mole le había espetado cosas de esas tan desagradables y tan bien calculadas que pueden parecer verdades incluso cuando se recuerdan con sangre fría.
La conclusión que sacó Julien de entrada de una escena tan pasmosa fue que Mathilde tenía un orgullo infinito. Creía firmemente que todo había acabado entre ellos y, sin embargo, en el almuerzo del día siguiente, se portó en su presencia con torpeza y timidez. Era un defecto que nadie había podido reprocharle hasta entonces. Tanto en las cosas pequeñas cuanto en las grandes, sabía claramente qué debía y quería hacer y lo llevaba a cabo.
Ese día, después del almuerzo, al pedirle la señora de La Mole un opúsculo sedicioso y no obstante poco divulgado, que aquella mañana le había llevado su párroco en secreto, Julien, cuando lo cogió de encima de una consola, tiró al suelo un jarrón antiguo de porcelana azul que no podía ser más feo de lo que era.
La señora de La Mole se puso de pie soltando un grito de desesperación y acudió para ver de cerca lo que quedaba de su jarrón del alma. Decía: