Rojo y negro
Rojo y negro —Era de porcelana japonesa antigua; me venÃa de mi tÃa abuela, la abadesa de Chelles, era un regalo de los holandeses al regente, el duque de Orléans, que se lo habÃa dado a su hija…
Mathilde habÃa ido en pos de su madre, encantada de que se hubiera roto ese jarrón azul que le parecÃa espantosamente feo. Julien estaba callado y no excesivamente apurado; vio que tenÃa al lado a la señorita de La Mole.
—Este jarrón —le dijo— se ha roto para siempre; eso mismo sucede con un sentimiento que fue hace tiempo el dueño de mi corazón; le ruego que tenga la bondad de aceptar mis disculpas por todas las locuras que me obligó a hacer.
Y salió del salón.
—La verdad —dijo la señora de La Mole al verlo marcharse— es que parece que este tal señor Sorel se sienta orgulloso y contento de lo que acaba de hacer.
Esta frase le fue directa al corazón a Mathilde. «Es verdad —se dijo—; mi madre ha acertado: ese es el sentimiento que lo mueve.» Solo entonces se le pasó la alegrÃa de la escena que le habÃa hecho la vÃspera. «Todo ha concluido, pues —se dijo con aparente calma—; me queda un estupendo ejemplo; ¡esta equivocación es espantosa y humillante! Me he ganado con ella la sensatez para el resto de mi vida.»