Rojo y negro
Rojo y negro «¡Ojalá lo que he dicho fuera cierto! —pensaba Julien—. ¿Por qué el amor que sentÃa por la loca esa me sigue atormentando?»
Aquel amor, lejos de apagarse como lo esperaba, progresó velozmente. «Cierto es que está loca —se decÃa—, pero ¿es acaso por eso menos adorable? ¿Es posible ser más bonita?» Todos los placeres más intensos que puede brindar la civilización más elegante ¿no se hallaban acaso reunidos a porfÃa en la señorita de La Mole? Aquellos recuerdos de la felicidad pasada se adueñaban de Julien y acababan velozmente con todo cuanto elaboraba la razón.
La razón lucha en vano contra los recuerdos de esa clase; sus serios intentos no consiguen sino acrecentar su atractivo.
Veinticuatro horas después de que se rompiera el jarrón de porcelana antigua japonesa, Julien era desde luego uno de los hombres más desdichados.