Rojo y negro

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Nada más entrar en la ciudad aturde el estruendo de una maquinaria escandalosa y de apariencia terrible. Una rueda que mueve el agua del torrente eleva veinte martillos pesados que vuelven a caer con un ruido que estremece los adoquines del empedrado. Cada uno de esos martillos fabrica a diario no sé cuántos miles de clavos. Son unas muchachas lozanas y bonitas las que brindan a esos martillos enormes los trocitos de hierro que se convierten velozmente en clavos. Este trabajo, tan rudo en apariencia, es uno de los que mayor asombro le causan al viajero que se interna por vez primera en las montañas que separan Francia de Helvecia. Si, al entrar en Verrières, el viajero pregunta a quién pertenece esta próspera fábrica de clavos que deja sordas a las personas que van por la calle principal arriba, le contestan, arrastrando las palabras: «¡Ah, es del señor alcalde!».

A poco que el viajero se demore unos momentos en esta calle principal de Verrières, que va cuesta arriba desde las orillas del Doubs hasta la cima de la colina, podemos apostar ciento a uno a que verá aparecer a un hombretón de aspecto atareado e importante.




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