Rojo y negro
Rojo y negro Ante esa presencia todos los sombreros se alzan con rapidez. Tiene el pelo gris y va vestido de gris. Es caballero de varias órdenes; y de frente despejada y nariz aquilina; en conjunto no carece su rostro de rasgos hasta cierto punto regulares: da incluso la impresión, a primera vista, de sumar a la dignidad de un alcalde de pueblo esa especie de atractivo que puede aún darse con cuarenta y ocho o cincuenta años. Pero no tarda en molestar al viajero parisino cierta expresión de contento de sí mismo y de suficiencia que va unida a un toque que lo hace parecer corto de alcances y de poca inventiva. Se nota, en última instancia, que el talento de ese hombre se limita a conseguir que le paguen bien y con puntualidad lo que le deben y a pagar lo más tarde posible cuando el que debe es él.
Tal es el alcalde de Verrières, el señor de Rênal. Tras cruzar la calle con paso solemne, entra en el Ayuntamiento y el viajero lo pierde de vista. Pero, cien pasos más arriba, si este prosigue con su paseo, divisa una casa de bastante prestancia y, a través de una verja de hierro contigua a la casa, unos jardines espléndidos. Más allá, la línea del horizonte la forman las colinas de Borgoña y parece hecha ex profeso para deleite de los ojos. Esta vista consigue que el viajero se olvide de ese ambiente que apesta a intereses monetarios mezquinos y que ya está empezando a asfixiarlo.