Rojo y negro
Rojo y negro —No era una pregunta —contestó Julien efusivamente—; se lo juro, señor marqués, estaba pensando en voz alta, estaba buscando in mente el camino más seguro.
—SÃ, por lo visto tenÃa usted el pensamiento muy lejos. No olvide nunca que un embajador, y más aún si es de su edad, no debe parecer que violenta la confianza.
Julien se sintió muy mortificado; no tenÃa razón. Su amor propio buscaba una disculpa y no daba con ninguna.
—Tiene que comprender —añadió el señor de La Mole— que siempre que cometemos una tonterÃa echamos mano del corazón.
Una hora después, Julien estaba en la antecámara del marqués con aspecto de subalterno, ropa pasada de moda, una corbata de un blanco dudoso y un toque sabidillo en su apariencia.
Al verlo, el marqués se echó a reÃr y solo entonces quedó Julien justificado del todo.