Rojo y negro
Rojo y negro »Lo que le impedirá aburrirse durante el viaje es que entre ParÃs y la residencia del ministro hay personas que estarÃan encantadas de dispararle un tiro de escopeta al padre Sorel. Y en ese caso habrá concluido su misión y veo en ello un gran retraso; pues, mi querido amigo, ¿cómo Ãbamos a enterarnos de su muerte? Por más celoso cumplidor del deber que sea usted, no puede llegar hasta hacérnosla saber.
»Vaya ahora mismo a comprarse un atuendo completo —añadió el marqués, muy serio—. VÃstase a la moda de hace dos años. Esta noche tiene que tener un aspecto desaliñado. Durante el viaje, en cambio, irá como de costumbre. ¿Está sorprendido? ¿Su desconfianza lo adivina? SÃ, amigo mÃo, uno de los venerables personajes cuya opinión va a oÃr es muy capaz de enviar informaciones mediante las cuales podrÃan cuando menos darle opio una noche en cualquier buena posada donde haya pedido cena.
—Vale más —dijo Julien— recorrer treinta leguas de más y no tomar el camino directo. Supongo que se trata de Roma…
El marqués adoptó una expresión altanera y descontenta que Julien no le habÃa visto tan pronunciada desde Bray-le-Haut.
—Eso lo sabrá usted, caballero, cuando me parezca a mà oportuno decÃrselo. No me gustan las preguntas.