Rojo y negro
Rojo y negro »No se preocupe, no será una conversación confusa, todas hablarán por turno, lo cual no quiere decir que vayan a hablar ordenadamente —añadió el marqués, recobrando la expresión sutil y superficial que era tan suya—. Mientras hablamos, usted escribirá alrededor de veinte páginas; regresará aquà conmigo, resumiremos esas veinte páginas en cuatro. Esas cuatro páginas son las que me recitará mañana por la mañana en vez del número entero de La Quotidienne. Inmediatamente después se irá; tendrá que coger la silla de posta como un joven que viaja para divertirse. Nadie deberá fijarse en su punto de destino. Llegará a presencia de un gran personaje. AllÃ, necesitará ser aún más hábil. Tiene que engañar a cuantos lo rodeen; pues entre sus secretarios y sus criados hay personas vendidas a nuestros enemigos y que están al acecho de nuestros agentes para interceptarlos cuando pasen por allÃ. Llevará una carta de recomendación anodina.
»Cuando lo mire su excelencia, sacará mi reloj, aquà lo tiene, se lo presto para el viaje. Cójalo y eso que llevamos adelantado; deme el suyo.
»El propio duque tendrá a bien escribir las cuatro páginas que usted se sabrá de memoria y le dictará.
»Una vez hecho eso, pero no antes, fÃjese bien, podrá, si su excelencia le hace preguntas, contarle la sesión a la que va a asistir.