Rojo y negro
Rojo y negro Entró un nuevo personaje sin que nadie lo anunciara. «Qué curioso —pensó Julien—, en este salón no anuncian a los que entran. ¿Será una precaución en mi honor?» Todo el mundo se puso de pie para recibir al recién llegado. Llevaba la misma condecoración, distinguidÃsima, que otras tres personas que estaban ya en el salón. Todo el mundo hablaba bastante bajo. Para hacerse una opinión del recién llegado, Julien tuvo que atenerse a lo que podÃan decirle sus rasgos y su porte. Era bajo y grueso, de color subido y ojos relucientes y sin más expresión que la maldad de un jabalÃ.
A Julien lo distrajo al poco la llegada, casi acto seguido, de una persona diferente por completo. Era un hombre alto y muy flaco que llevaba tres o cuatro chalecos. TenÃa mirada acariciadora y ademanes corteses.
«Es exactamente igual que el anciano obispo de Besançon», pensó Julien. Estaba claro que era un hombre de Iglesia, no aparentaba más allá de cincuenta o cincuenta y cinco años y resultaba imposible tener una expresión más benigna.