Rojo y negro
Rojo y negro Llegó el joven obispo de Agde; pareció muy asombrado cuando, al pasar revista a los presentes, posó los ojos en Julien. No le había dirigido la palabra desde la ceremonia de Bray-le-Haut. Esa mirada sorprendida azoró e irritó a Julien. «¡Cómo! —se decía—. ¿Siempre se me volverá en contra conocer a un hombre? ¡Todos estos grandes señores a quienes no he visto nunca no me intimidan ni poco ni mucho y la mirada de ese obispo joven me hiela la sangre! Hay que reconocer que soy una persona de lo más singular y de lo más desdichada.»
No tardó en entrar ruidosamente un hombrecito muy negro que empezó a hablar desde la puerta; era de tez amarilla y parecía algo loco. En cuanto llegó ese charlatán inmisericorde, se formaron grupos, en apariencia para huir del aburrimiento de escucharlo.
Al alejarse de la chimenea, se iban acercando al extremo de la mesa en que estaba Julien. Por su actitud se lo veía cada vez más apurado pues, en última instancia, por muchos esfuerzos que hiciera, no podía por menos de oír y, por poca experiencia que tuviera, se hacía cargo de toda la importancia de las cosas de las que se hablaba sin ningún disimulo y de cuánto empeño debían de tener en que siguieran siendo secretas esos personajes, de tanta categoría en apariencia, a quienes estaba viendo.