Rojo y negro
Rojo y negro Julien, lo más despacio posible, ya había sacado punta a alrededor de veinte plumas; iba a quedarse sin ese recurso. Buscaba en vano una orden en los ojos del señor de La Mole; el marqués se había olvidado de él.
«Lo que estoy haciendo es ridículo —se decía Julien mientras sacaba punta a las plumas—; pero unas personas de fisonomía tan mediocre que tienen a su cargo, por sí mismas o por encargo de otras, tan magnos intereses deben de ser muy susceptibles. Hay en mi forma de mirar, poco afortunada, un toque interrogativo y poco respetuoso que seguramente las irritaría. Si resultara evidente que estoy bajando la vista, parecería que estoy coleccionando las palabras que dicen.»
Estaba apuradísimo; oía cosas muy singulares.