Rojo y negro
Rojo y negro ¡La república! Por cada hombre que, hoy en dÃa, lo sacrificase todo por el bien público, hay miles que no van más allá de sus goces y su vanidad. En ParÃs, la consideración depende del carruaje y no del mérito.
NAPOLEÓN, Memorial
El lacayo entró precipitadamente, diciendo:
—El señor duque…
—Calle, que no es sino un necio —dijo el duque según entraba. Y lo dijo tan bien y con tanta majestad que, a su pesar, Julien pensó que saber enfadarse con un lacayo era toda una ciencia en ese gran personaje. Julien alzó la vista y la volvió a bajar enseguida. HabÃa intuido tan bien el alcance del recién llegado que tuvo miedo de que esa mirada suya fuera una indiscreción.
El duque en cuestión era un hombre de cincuenta años, ataviado como un dandi y que andaba a tirones. TenÃa la cabeza estrecha, la nariz grande y la cara aguileña y muy prominente; habrÃa resultado difÃcil tener un aire más noble y más insignificante. Con su llegada se abrió la sesión.
La voz del señor de La Mole interrumpió enseguida las observaciones fisonómicas de Julien.