Rojo y negro
Rojo y negro —Les presento al padre Sorel —estaba diciendo el marqués—, que está dotado de una memoria sorprendente; solo hace una hora que le hablé de la misión cuyo honor podÃa corresponderle y para demostrar esa memoria se ha aprendido de corrido la primera página de La Quotidienne.
—Ah, las noticias del extranjero de ese pobre N. —dijo el dueño de la casa. Se apresuró a coger el periódico y, mirando a Julien con expresión que intentaba hasta tal punto parecer importante que resultaba graciosa, le dijo—: Hable, padre.
HabÃa un profundo silencio y todas las miradas estaban clavadas en Julien; este recitó tan bien que, al cabo de veinte lÃneas, el duque dijo: «Basta». El hombrecito de mirada de jabalà se sentó. Era el presidente, porque, nada más ocupar su sitio, le indicó a Julien una mesa de juego y le hizo señas de que la llevase junto a él. Julien se acomodó en ella con todo lo necesario para escribir. Contó doce personas sentadas alrededor del tapete verde.
—Padre Sorel —dijo el duque—, retÃrese a la habitación contigua; lo mandaremos llamar.
El dueño de la casa puso una cara muy preocupada:
—Las contraventanas no están cerradas —le dijo a media voz al que tenÃa al lado—. ¡No hace falta que mire por la ventana! —le gritó bobaliconamente a Julien.