Rojo y negro

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«Heme aquí metido cuando menos en una conspiración —pensó este—. Menos mal que no es de las que llevan a la plaza de Grève. E, incluso aunque hubiera peligro, le debo esto y más al marqués. ¡Me consideraría dichoso si me fuera dado reparar toda la pena que mis desatinos pueden causarle algún día!»

Mientras pensaba en sus desatinos y en su desventura, miraba el lugar donde estaba para que no se le olvidase nunca. Solo entonces cayó en la cuenta de que no había oído al marqués decirle al criado el nombre de la calle y de que el marqués había pedido un coche de punto, que era algo que no hacía nunca.

Dejaron mucho tiempo a Julien a solas con sus reflexiones. Estaba en un salón tapizado de terciopelo rojo con galones anchos de oro. Había encima de la consola un crucifijo grande de marfil y encima de la chimenea el libro Sobre el papa, del señor de Maistre, con los cantos dorados y una encuadernación espléndida. Julien lo abrió para que no pareciera que estaba escuchando. De tanto en tanto hablaban muy alto en la habitación contigua. Por fin se abrió la puerta y lo llamaron.

—Piensen, señores —estaba diciendo el presidente—, que desde este momento estamos hablando delante del duque de… Este caballero —dijo, señalando a Julien— es un diácono joven entregado a nuestra santa causa y que repetirá con toda facilidad, merced a su pasmosa memoria, muestras mínimas palabras.


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