Rojo y negro
Rojo y negro »El señor tiene la palabra —dijo, señalando al personaje de expresión benigna y que llevaba tres o cuatro chalecos.
Julien pensó que habrÃa sido mucho más natural llamar por su nombre al señor de los chalecos. Tomó papel y escribió mucho.
(Aquà el autor habrÃa querido poner una página llena de puntos. «Quedará muy poco airoso —dice el editor— y, en un escrito tan frÃvolo, carecer de donaire es mortal.»
—La polÃtica —sigue diciendo el autor—, es una piedra que se le pone al cuello a la literatura y que, en menos de seis meses, la hunde. La polÃtica, en medio de los intereses de la imaginación, es un pistoletazo en un concierto. Un ruido que rasga sin ser enérgico. No entona con el sonido de ningún instrumento. Esta polÃtica va a ser una mortal ofensa para la mitad de los lectores y va a aburrir a la otra mitad, a quien le habrá parecido incomparablemente más interesante y enérgica en el diario de la mañana…
—Si sus personajes no hablan de polÃtica —sigue diciendo el editor—, dejan de ser franceses de 1830 y su libro no es ya un espejo, como pretendÃa usted…)