Rojo y negro
Rojo y negro El acta que levantó Julien tenía veintiséis páginas; he aquí un extracto muy alejado de la realidad, pues, como de costumbre, ha sido necesario suprimir las ridiculeces cuyo exceso habría resultado odioso o poco verosímil. (Véase la Gazette des Tribunaux[63].)
El hombre de los tres chalecos y el aspecto benigno (quizá era un obispo) sonreía con frecuencia y en esas ocasiones los ojos, entre los párpados ondulantes, adquirían un brillo singular y una expresión menos indecisa que de costumbre. El personaje aquel, a quien le daban la palabra en primer lugar, antes que al duque («Pero ¿qué duque?», se decía Julien), en apariencia para exponer las opiniones y hacer las veces de abogado general, le pareció que daba en la incertidumbre y la ausencia de conclusiones firmes que se les suele reprochar a esos magistrados. En el transcurso del debate, el duque llegó incluso a reprochárselo.
Tras varias frases de tenor moral y de filosofía indulgente, el hombre de los chalecos dijo: