Rojo y negro
Rojo y negro —Ya sabemos que el señor tiene muchas ideas —dijo el duque con tono de haberse picado, mirando al que había interrumpido, un antiguo general de Napoleón. Julien se dio cuenta de que en la frase había una alusión a algo personal y muy ofensivo. Todo el mundo sonrió; el general tránsfugo pareció enfadadísimo.
—Ya no existe Pitt, señores —siguió diciendo el ponente, con la expresión desalentada de un hombre sin esperanzas de hacer entrar en razón a quienes lo escuchan—. Y, aunque hubiera otro Pitt en Inglaterra, es imposible engañar dos veces a una nación con los mismos medios…
—Y ¡por eso un general triunfante, otro Bonaparte, es ya imposible en Francia! —exclamó el militar que interrumpía.
Esta vez ni el presidente ni el duque se atrevieron a decir nada, aunque a Julien le pareció leerles en la mirada que se quedaban con muchas ganas de hacerlo. Bajaron la vista y el duque se conformó con suspirar de forma que todo el mundo lo oyera.
Pero el ponente se había enojado: