Rojo y negro
Rojo y negro »Primero, porque está pendiente de lo suyo dÃa y noche y lo guÃan hombres de grandes capacidades afincados lejos de las tormentas, a trescientas leguas de estas fronteras…
—¡Ah, Roma, Roma! —exclamó el dueño de la casa.
—¡SÃ, señor mÃo, Roma! —respondió el cardenal, orgulloso—. Fueren cuales fueren las bromas más o menos ingeniosas que estuvieron de moda cuanto usted era joven, diré en voz muy alta que en 1830 el clero, a quien guÃa Roma, es el único que le habla al pueblo llano.
»Cincuenta mil sacerdotes le repiten palabras idénticas el dÃa que disponen los jefes; y al pueblo, que, a fin de cuentas, es de donde salen los soldados, lo conmoverá más la voz de sus sacerdotes que todos los versitos del mundo… (Esta alusión personal trajo consigo unos cuantos murmullos.)
»El talento del clero es mayor que el de ustedes; todos los pasos que han dado hacia ese punto capital, tener en Francia un partido armado, los hemos dado nosotros… —siguió diciendo el cardenal, alzando el tono de voz—. Y entonces sucedieron cosas: ¿quién envió ochenta mil fusiles a Vandea?… etc., etc.