Rojo y negro

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»Mientras el clero siga sin sus bosques, no tiene nada. En la primera guerra, el ministro de Finanzas escribe a sus agentes que solo hay dinero ya para los párrocos. En el fondo, Francia no cree, y le gusta la guerra. Cualquiera que se la traiga será popular por partida doble, pues ir a la guerra es matar de hambre a los jesuitas, como dice el vulgo; ir a la guerra es liberar a esos hombres de orgullo monstruoso, los franceses, de la amenaza de la intervención extranjera.

Se acogían las palabras del cardenal de forma muy favorable…

—El señor de Nerval debería salir del gobierno —dijo—; su nombre causa una irritación inútil.

Al oír eso, todo el mundo se levantó y se puso a hablar a la vez.

«Me van a echar otra vez», pensó Julien. Pero incluso el sensato presidente se había olvidado de la presencia y de la existencia de Julien.

Todas las miradas buscaban a un hombre a quien Julien reconoció. Era el señor de Nerval, el primer ministro, a quien había vislumbrado en el baile del duque de Retz.

El desorden llegó al colmo, como dicen los diarios cuando hablan de la Cámara. Al cabo de un cuarto de hora largo, el silencio se restableció hasta cierto punto.


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