Rojo y negro

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Entonces se levantó el señor de Nerval y dijo con tono de apóstol y voz singular:

—No les afirmaré que no le tenga aprecio a mi cargo en el gobierno.

»Me ha quedado demostrado, señores, que mi apellido duplica las fuerzas de los jacobinos al poner en contra de nosotros a muchos moderados. Me retiraría, pues, de buen grado; pero los caminos del Señor solo los ven unos pocos: pero —añadió, mirando fijamente al cardenal— tengo una misión; el cielo me ha dicho: “O pones la cabeza en el cadalso o restableces la monarquía en Francia y vuelves a convertir las Cámaras en lo que era el Parlamento en el reinado de Luis XV”; y eso, señores, lo voy a hacer.

Se calló, se volvió a sentar y hubo un gran silencio.

«Qué buen actor», pensó Julien. Se equivocaba, como solía sucederle siempre, al suponerles a las personas demasiada inteligencia. Exaltado por los debates de una velada tan movida, y sobre todo por la sinceridad de la discusión, el señor de Nerval creía en esos momentos en su misión. Ese hombre tenía un gran valor, pero no tenía sentido común.

Dieron las doce durante el silencio que siguió a esa hermosa frase «lo voy a hacer». A Julien le pareció que en el sonido del reloj había algo imponente y fúnebre. Estaba emocionado.


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