Rojo y negro

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No tardó en reanudarse el debate con creciente energía y, sobre todo, con increíble ingenuidad. «Esta gente va a mandar que me envenenen —pensaba Julien a ratos—. ¿Cómo dicen estas cosas delante de un plebeyo?»

Dieron las dos y todavía seguían hablando. El dueño de la casa se había quedado dormido hacía mucho; el señor de La Mole tuvo que llamar a los criados para que cambiasen las velas. El señor de Nerval, el primer ministro, se había ido a las dos menos cuarto no sin haber estudiado con frecuencia la cara de Julien en un espejo que tenía a su lado. Tras su marcha todo el mundo pareció sentirse más a gusto.

Mientras cambiaban las velas, el hombre de los chalecos le dijo por lo bajo a su vecino de mesa:

—¡Dios sabe lo que le va a decir este hombre al rey! Puede dejarnos muy en ridículo y estropearnos el porvenir.

»Hay que reconocer que ha mostrado una suficiencia poco frecuente e incluso descaro al presentarse aquí. Era algo que ya amagaba antes de llegar al gobierno; pero la cartera lo cambia todo, ahoga todos los intereses de un hombre, debería haberlo notado.

Nada más salir el primer ministro, el general de Bonaparte cerró los ojos. Mencionó entonces su salud, sus heridas, miró el reloj y se fue.


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